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Lyrics ENQUIRIDION O MANUAL DEL CABALLERO CRISTIANO by Praxis lyrics

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ERASMO DE ROTTERDAM ENQUIRIDION O MANUAL DEL CABALLERO CRISTIANO TRADUCCIÓN DE ALONSO FERNÁNDEZ DE MADRID ESTUDIO PRELIMINAR Y NOTAS DE ANDREA HERRÁN SANTIAGO y MODESTO SANTOS LÓPEZ INTRODUCCIÓN La obra Enchiridion militis christiani, cuya versión castellana presentamos aquí, se publicó por primera vez en 1503, formando parte de un compendio de textos de Erasmo. El éxito que tuvo esta obra en su tiempo viene avalado por el hecho de que en los veinte primeros años, desde su aparición, se habían publicado más de 35 ediciones. Entre 1519 y 1523 se imprimieron una media de siete edicionеs por año. En 1525 Erasmo se mostraba orgulloso de que еl libro, "que se iba difundiendo por los cuatro puntos cardinales", hubiera ya aparecido en cuatro lenguas vulgares. En los Países Bajos, antes de comienzos de 1600, se habían publicado por lo menos 15 ediciones en lengua vulgar y en Inglaterra no menos de 13. En lengua castellana contamos con ediciones de Alcalá, Toledo, Zaragoza, Amberes, Coimbra.

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Esta pluralidad de ediciones revela la extraordinaria acogida que el Enquiridion de Erasmo tuvo en su época. El prestigio que su autor había ganado como erudito filólogo y humanista entre la intelectualidad europea, se vio reforzado con su dedicación al estudio de las letras sagradas. Sin embargo, el aprecio y estima que sus contemporáneos sintieron por Erasmo, como hombre de las bonae litterae no se corresponde con la imagen que ha llegado a nosotros. Bataillon se hace eco de este olvido cuando contrapone el reconocimiento de sus contemporáneos y la silueta que proyecta en nuestros días el irónico autor del Elogio de la locura o los Coloquios'. La justificación de una nueva edición de la versión castellana del Enquiridion realizada por Alonso Fernández de Madrid en 1525 no se basará en una reivindicación, a contracorriente, de una supuesta importancia del autor y de su obra, más bien trataremos de mostrar al lector español que, si bien este libro no puede situarse en la cumbre de las obras clásicas, bien merece nuestra atención por varias razones: En primer lugar, el hecho mismo de la amplia y favorable recepción que tuvo en su tiempo manifiesta por sí misma una importancia histórica real. Ciertamente el Enquiridion no destaca por su originalidad creadora, pero sí por su oportunidad: Erasmo ofreció a sus contemporáneos un texto que, dada la reputación de su autor, ejerció una influencia notable en las conciencias de los hombres de su época, en la medida en qué concibió una nueva manera de vivir la religión. “Se noca no sé qué contradicción entre el Erasmo de nuestros padres y abuelos -cuya burlona sonrisa es una como anticipación de la de Voltaire-, y el Erasmo a quien sus contemporáneos veneraron como a “excelente doctor verdaderamente teólogo". M. Bataillon en el prólogo a la edición de Dámaso Alonso, EZ Enquiridion o Manual del caballero cristiano, CSIC, Madrid, 1971, pág. 8. DIVISIÓN DEL LIBRO Y SU MANERA DE PROCEDER ASÍ EN LOS VIII CAPÍTULOS PRIMEROS COMO EN LAS XXII REGLAS QUE DESPUÉS SE PONEN Capítulo I. Muestra la necesidad que el cristiano tiene de estar siempre armado, pues toda su vida ha de pelear; y declárase que pelea es ésta, y cuáles los enemigos, y cuánta razón es que el cristiano los venza, pues la victoria está en su mano. Y en este capítulo también se trata de las señales en que se conoce la enfermedad y muerte del alma.

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Capítulo II. Con qué armas se han de vencer los enemigos del caballero cristiano y la necesidad que hay de ellas; las cuales principalmente son la oración y la ciencia; y cómo se deben leer las ciencias humanas y la excelencia que las letras de la Santa Escritura tienen sobre las otras. Donde se ponen muchas alegorías de ella, señaladamente comparando la Santa Escritura al maná, y otras cosas provechosas en esta materia. Capítulo III. Que la principal filosofía y más cierta sabiduría del cristiano ha de ser conocerse así mismo. Y trátase largamente de dos sabidurías , una falsa y otra verdadera, una humana y otra divina, una dañosa y otra provechosa, y la diferencia que hay entre ellas. Capítulo IV. De las dos partes que hay en el hombre, alma y cuerpo, que llamamos hombre interior y hombre exterior, y de la monarquía o república que hay dentro de él, según dos maneras de alma, que son: razón superior e inferior, o espíritu y alma. Capítulo V. De la divinidad y contrariedad de afecciones y pasiones que hay en el hombre, con otras cosas que hacen a este propósito; y cómo algunos vicios son más o menos apropiados a los hombres, según las naciones y complexiones. Capítulo VI. Prueba y confirma por la Santa Escritura lo que se dijo en el capítulo IV del hombre interior y exterior, con alegorías tocantes a la contienda que es entre el espíritu y la carne. Capítulo VII. Colige de todo lo dicho, según Orígenes, que hay tres partes en el hombre, conviene a saber: carne, alma y espíritu, y trátase de los oficios de cada una de éstas con sus ejemplos, considerado que hay dos maneras de alma, como se dijo en el capítulo IV. Capítulo VIII. De la necesidad que hay de dar reglas de vivir, como adelante se pone, y el provecho que de ellas resulta para curar las tres reliquias que en el hombre quedaron del pecado original, que son: ceguedad, carne y flaqueza o poco esfuerzo.

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como hombre de las bonae litteraet no se corresponde con la imagen que ha llegado a nosotros. Bataillon se hace eco de este olvido cuando contrapone el reconocimiento de sus contemporáneos y la silueta que proyecta en nuestros días el irónico autor del Elogio de la locura o los Coloquios'. La justificación de una nueva edición de la versión castellana del Enquiridion realizada por Alonso Fernández de Madrid en 1525 no se basará en una reivindicación, a contracorriente, de una supuesta importancia del autor y de su obra, más bien trataremos de mostrar al lector español que, si bien este libro no puede situarse en la cumbre de las obras clásicas, bien merece nuestra atención por varias razones: En primer lugar, el hecho mismo de la amplia y favorable recepción que tuvo en su tiempo manifiesta por sí misma una importancia histórica real. Ciertamente el Enquiridion no destaca por su originalidad creadora, pero sí por su oportunidad: Erasmo ofreció a sus contemporáneos un texto que, dada la reputación de su autor, ejerció una influencia notable en las conciencias de los hombres de su época, en la medida en qué concibió una nueva manera de vivir la religión. 1 “Se noca no sé qué contradicción entre el Erasmo de nuestros padres y abuelos -cuya burlona sonrisa es una como anticipación de la de Voltaire-, y el Erasmo a quien sus contemporáneos veneraron como a “excelente doctor verdaderamente teólogo". M. Bataillon en el prólogo a la edición de Dámaso Alonso, EZ Enquiridion o Manual del caballero cristiano, CSIC, Madrid, 1971, pág. 8. DIVISIÓN DEL LIBRO Y SU MANERA DE PROCEDER ASÍ EN LOS VIII CAPÍTULOS

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PRIMEROS COMO EN LAS XXII REGLAS QUE DESPUÉS SE PONEN Capítulo I. Muestra la necesidad que el cristiano tiene de estar siempre armado, pues toda su vida ha de pelear; y declárase que pelea es ésta, y cuáles los enemigos, y cuánta razón es que el cristiano los venza, pues la victoria está en su mano. Y en este capítulo también se trata de las señales en que se conoce la enfermedad y muerte del alma. Capítulo II. Con qué armas se han de vencer los enemigos del caballero cristiano y la necesidad que hay de ellas; las cuales principalmente son la oración y la ciencia; y cómo se deben leer las ciencias humanas y la excelencia que las letras de la Santa Escritura tienen sobre las otras. Donde se ponen muchas alegorías de ella, señaladamente comparando la Santa Escritura al maná, y otras cosas provechosas en esta materia. Capítulo III. Que la principal filosofía y más cierta sabiduría del cristiano ha de ser conocerse así mismo. Y trátase largamente de dos sabidurías , una falsa y otra verdadera , una humana y otra divina, una dañosa y otra provechosa, y la diferencia que hay entre ellas. Capítulo IV. De las dos partes que hay en el hombre, alma y cuerpo, que llamamos hombre interior y hombre exterior, y de la monarquía o república que hay dentro de él, según dos maneras de alma, que son: razón superior e inferior, o espíritu y alma. Capítulo V. De la divinidad y contrariedad de afecciones y pasiones que hay en el hombre, con otras cosas que hacen a este propósito; y cómo algunos vicios son más o menos apropiados a los hombres, según las naciones y complexiones. Capítulo VI. Prueba y confirma por la Santa Escritura lo que se dijo en el capítulo IV del hombre interior y exterior, con alegorías tocantes a la contienda que es entre el espíritu y la carne. Capítulo VII. Colige de todo lo dicho, según Orígenes, que hay tres partes en el hombre, conviene a saber: carne, alma y espíritu, y trátase de los oficios de cada una de éstas con sus ejemplos, considerado que hay dos maneras de alma, como se dijo en el capítulo IV. Capítulo VIII. De la necesidad que hay de dar reglas de vivir , como adelante se pone, y el provecho que de ellas resulta para curar las tres reliquias que en el hombre quedaron del pecado original, que son: ceguedad, carne y flaqueza o poco esfuerzo. RESPUESTA DEL EMPERADOR A ERASMO, TRASLADADA DE LATÍN EN ROMANCE CASTELLANO.

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Carlos, por la divina clemencia electo Emperador de Romanos, Augusto. Honrado, devoto y amado nuestro, en dos maneras nos hemos holgado con tu carta: lo uno por ser tuya, y lo otro porque entendimos por ella comenzar ya a deshacerse la secta luterana. Lo primero debes tu al singular amor que te tenemos, y lo otro te debemos a ti, no solamente Nos, mas aun toda la República cristiana, pues por ti solo ha alcanzado lo que por Emperadores, Pontífices, Príncipes, Universidades, y por tantos y tan señalados varones hasta ahora no había podido alcanzar. Por lo cual conocemos, que ni entre los hombres inmortal fama, ni entre los santos perpetua gloria te puede faltar. Y por esta tu felicidad entrañablemente contigo nos holgamos. Resta que pues con tanta felicidad has tomado esta empresa, procures con todas tus fuerzas de llegarla hasta el cabo, pues por nuestra parte nunca hemos de faltar a tu santísimo esfuerzo, con todo nuestro favor y ayuda. Lo que escribes de lo que acá se ha tratado sobre tus obras leimos de mala gana,’ porque parece que en alguna manera te desconfías del amor y voluntad que te tenemos, como si en nuestra presencia se hubiese de determinar cosa alguna contra Erasmo, de cuya cristiana intención estamos muy ciertos. De lo que consentimos buscar en tus libros, ningún peligro hay, sino que si en ellos se hallare algún humano descuido, tú mismo amigablemente amonestado lo enmiendes, o lo declares de manera que no dejes causa de escándalo a los simples, y con esto hagas tus obras inmortales y cierres la boca a tus murmuradores, pero si no se te hallare cosa que de razón merezca ser calumniada, ¿no ves cuanta gloria tú y tu doctrina habréis alcanzado? Queremos pues que tengas buen corazón y te persuadas que de tu honra y fama jamás dejaremos de tener muy entera cuenta. Por el bien de la República haber yo hecho todo lo que en nuestra mano ha sido no hay por qué alguno lo deba dudar. Lo que al presente hacemos y de aquí adelante pensamos hacer, más queremos que la obra lo declare; una cosa te pedimos, que en tus oraciones no dejes de encomendar nuestras obras a Jesucristo todo poderoso. Hecha en Burgos a 14 de Diciembre. Año de M.D. y XXVII, y de nuestro imperio nono. En el sobre escrito. Al honrado, devoto y amado nuestro Deside. in Roter. de nuestro Consejo. Síguense las XXII reglas Regla I. Contra el mal de la ignorancia. Trata cómo la fe es única y singular puerta para todo nuestro bien, y de la certidumbre, firmeza y autoridad de la Santa Escritura y de lo que por ella se nos enseña. Regla II. Que el camino de Jesucristo, que es su santa doctrina, y el ejemplo de su gloriosa vida, se ha de tomar sin excusa ni dilación, saliendo con mucha presteza de los vicios; y que es yerro pensar nadie que no le toca la imitación y seguimiento de la vida y consejos de nuestro Señor, sino sólo a los frailes o a los perfectos. Regla III. Cuánto menos trabajo y dificultad hay en servir a Dios que al mundo y al demonio, discurriendo por los estados y ejercicios de los hombres y comparando las circunstancias del camino del cielo al del infierno. Regla IV. Que el fin y último respeto de nuestras obras y devociones ha de ser sólo Jesucristo, y donde esta intención falta no es la obra limpiamente cristiana. Considerando y examinando tres órdenes o diversidades que hay en las obras humanas y poniendo notables ejemplos de cada una de ellas. Regla V. Muy singular y necesaria, que todas las cosas visibles y temporales se deben * tener en poco en comparación de las invisibles y eternas, a las cuales se ha siempre de levantar nuestro corazón; y cuáles son obras de espíritu y cuáles de carne. Donde se ponen

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muchas doctrinas cristianas y se trata largamente de las ceremonias, cómo se han de tomar, i Regla VI. Cómo debe el cristiano plantar en su corazón verdadero conocimiento de las cosas, no siguiendo los juicios vanos de la gente. En esta sexta regla hay un muy notable capítulo del propio juicio y parecer que ha de tener y seguir en todas las cosas quien quisiere vivir como verdadero cristiano y obrar conforme a la vida y doctrina de Jesucristo, nuestro espejo y dechado verdadero. Regla VII. Aconseja al que por su flaqueza no pudiere tan presto ser muy bueno y perfecto, que, al menos por lo que le toca, trabaje por no ser malo, y después pase también adelante. Regla VII. Que no se tenga por más olvidado de Dios el que más es tenido, donde se ponen ejemplos de santos, etc. Regla IX. Cuánto nos62 cumple estar sobre aviso para resistir a las tentaciones luego al principio de ellas y no dejarlas crecer ni tomar fuerza. Regla X. Contiene algunos remedios en general que aprovechan para contra cualquier tentación. Regla XI. Que en la tentación hay dos peligros: o de ser hombre vencido o de ensoberbecerse habiendo vencido; y los remedios para uno y para otro? Alcalá: “más” Regla XII. Que de la tentación podemos tomar ocasión y materia para más virtud, haciendo obras contrarias a lo que el enemigo nos amonesta; y lo que en esto podemos ganar.

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Regla XIII. Que así debemos pelear en la tentación presente como si ésta fuese la postrera, pero sin descuidarnos de la que vendrá tras ella. Regla XIV. Que es cosa peligrosa no hacer caso de cualesquier vicios por livianos que sean y que cada día procuremos de quitar siquiera un poquito de nuestros vicios y añadir algo en las virtudes. Regla XV. Cómo se debe cotejar el trabajo del pelear con el vicio del pecar, y lo que en esto se debe considerar. Regla XVI. Que no perdamos la esperanza de mejorar por la gracia de Dios y por nuestro trabajo, aunque algunas veces haciendo a nuestro parecer lo que es en nosotros, todavía somos vencidos. Regla XVII. Que el más singular y propio remedio para las tentaciones es la cruz y pasión de Jesucristo , y en qué consiste el principal fruto de este árbol santísimo , tomando ejemplo de él contra todos los vicios y otras pasiones. Regla XVIII. De la dignidad y excecencia del hombre y de la fealdad del pecado. Regla XIX. Quién es Dios y quién es el diablo, y el cargo en que somos al uno o al otro. Regla XX. Cuán diferentes galardones se dan en esta vida y se prometen para la otra por las virtudes y por los vicios. Regla XXI. De la brevedad de esta vida y de la certinidad de la muerte. Regla XXII. y final. Cuánto se debe temer hombre que no vendrá a estado de verdadera penitencia, si desde luego no se enmienda. Finalmente se ponen otros cuatro capítulos que contienen remedios particulares y necesarios contra cuatro vicios más señalados, donde se ponen hartas cosas asaz notables. Y porque se verá en sus propios lugares, esto baste por suma de aquellos cuatro capítulos últimos.63 * FIN DE LA TABLA En la edición de Amberes, 1555, sigue esta advertencia: “Está a la postre añadido un Tratado o Sermón del Niño Jesús. compuesto por el mismo Doctor Erasmo, y una Paráclesis o Exhortación del mismo autor”.

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PROLOGO del autor a un amigo suyo, a quien enderezó este libro Me has pedido con mucho deseo, hermano muy amado en nuestro Señor, que te diese por escrito alguna breve y compendiosa forma de bien vivir, por cuya instrucción puedas alcanzar a tener tu alma dispuesta para que more en ella Jesucristo. Y me dices que ha ya días que esa vida del palacio te tiene enojado, y que en otra cosa no piensas, sino en cómo podrás salir de ella dejándola con todos sus daños y provechos, y, como quien se escapa de Egipto, querrías alguna buena guía cual fue Moisés al pueblo de Israel, con que poder caminar prósperamente por la carrera de las virtudes. Cuanto yo más caramente te amo, hermano mío, tanto más enteramente me gozo de este tu propósito tan saludable, el cual yo espero que quien tuvo por bien despertarle en ti, tendrá cuidado de acrecentarle y llevar adelante, sin que para esto haya necesidad de mí. Pero con todo eso yo acuerdo de obedecer en esto de muy buena voluntad, así por ser tan amigo el que pide como por ser cosa tan justa y santa la que se pide. Mas debes esforzarte todavía y tomar tal cuidado por donde parezca que ni tu has buscado en balde estos medios para proveer a tu necesidad, ni yo me he puesto sin fruto a escribirlos por obedecer en esto a su voluntad. Antes nos concordemos entrambos en un mismo deseo pidiendo que venga en nosotros aquel muy piadoso Espíritu Santo, para que a mí me ofrezca cosas saludables que escribir, y a ti dé gracias para poderlas obrar. Capítulo I. Que es necesario velar siempre y estar sobre aviso en esta vida. Lo primero que te aconsejo es que una y muchas veces traigas a la memoria que toda la vida de los mortales no es aquí sino una perpetua guerra, según lo afirma aquel muy ejercitado en ella y nunca vencido caballero Job , y así andan las gentes por la mayor parte muy engañadas. Porque este mundo embaucador les tiene ocupados y embobecidos los entendimientos con sus trampantojos65 y engaños halagüeños, haciéndoles entender que ya han vencido del todo y que ya es acabada esta guerra. Y así se están holgando, cuando menos es tiempo de holgar, y descuidados, como si no tuviesen con quien pelear. Y es cosa espantable que, como quien ya tiene muy cierta paz, con tanta seguridad duermen muy a su sabor; y no miran cuántos escuadrones de vicios pelean siempre con todas sus armas contra nosotros y cuántas artes buscan y ardides para engañarnos, y cuántas asechanzas ponen para tomarnos a manos. Así Alcalá, Amberes: “traspantojos", trampa ante ojo, enredo o tapujo. Estate atento, pues, guárdate y mira por ti, que por la parte superior velan siempre' bre ti y sobre cada uno los demonios muy malvados y no menos diligentes para tu :i Jcstrucción66, armados de mil engaños y de mil astucias para empecernos67. Los cuales con Pechas encendidas e impregnadas68 de ponzoña mortal, y con sus tiros mucho más certeros J

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ic los de Hércules y que los de Céfalo desde lo alto enclavarán nuestras almas o j sembrando en ellas cizañas o poniendo sus ministros que por muchas vías impidan elS; Evangelio de Cristo y persigan a sus ovejas, si en el escudo de la fe viva no lo recogemos, > como abajo se dirá. Tras éstos verás, si bien te catas en rededor, que a mano derecha y a mano izquierda y ¡ por delante y por detrás, anda otro cruel enemigo que nos combate, que es el mundo, de ¡ quien dice san Juan gue todo está armado sobre vicios, por lo cual es contrario a Cristo, y ¿ así es aborrecido de ÉL El combate de este tu enemigo y su manera de pelear no es siempre de una manera,,! sino de muchas69. Porque unas veces con adversidades, declarándose por enemigo, combate a ojos vistas con recios golpes de su artillería los muros de nuestro corazón. Otras veces con largas promesas, aunque vanas, nos convida e importuna que seamos traidores a Dios. Otras, con minas secretas y hechas al través, se llega hasta dar sobre nosotros, sin que Je f podamos ver por tomarnos seguros y descuidados. Finalmente, también por la parte * inferior nunca aquella engañosa serpiente, que fue la primera destruidora de nuestra paz, deja de ponernos asechanzas y tenernos armada celada, y porque a veces se esconde en la yerba verde volviéndose de su color70 71 72, y esto es cuando so color de algún bien nos hace , pecar poniendo algunas apariencias con que encubrir el mal del pecado. A veces escondida en sus cuevas nos aguarda y toda revuelta y hecha roscas, no cesa de mirar cómo podrá roer los calcañales a esta nuestra mujer, que ya una vez fue corrompida por sus engaños. Quiero decir que por otra parte nunca el demonio deja de andar buscando ocasiones y revolviendo mil mañas para tener alguna entrada en nosotros o asirnos por cualquier parte. Y para aprovecharse de nosotros más ligeramente procura de atraer a.sí este nuestro cuerpo, porque sabe que ya después del primer pecado original que el mismo demonio trajo, que fue cuando nuestros primeros padres pecaron, desde entonces quedó esta nuestra humanidad flaca e inclinada a mal., Y por eso yo ahora llamé mujer a la parte carnal del hombre, y así has de entender que ésta es otra nuestra Eva, por cuyo medio aquella astuta serpiente convida nuestras almas y procura engolosinarlas a pestilenciales deleites.

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Y sobre todo esto como si no nos bastase por acá de fuera estar así cercados por todas partes y de tantas maneras de enemigos, traemos otro peor dentro en los escondrijos del corazón may familiar y bien de verdad ladrón de casa, tanto más peligroso que todos, cuanto más dentro está aposentado. Este es aquel viejo y terrenal Adán, conviene a saber, la parte de nuestra alma que está más junta o pegada a este cuerpo y que le sustenta o da vida, que se quedó siempre inficionada73 de la inclinación del pecado, el cual en la conversación y compañía nos es más que vecino y en los deseos más que enemigo. Y es aun de tal cualidad que ni le podemos apartar del muro sin muy especial gracia divina, ni lleva remedio echarle fuera del alcázar, sin que Dios para ello por especial manera nos ayude. Y por esto cumple que con más de cien ojos velemos sobre él, porque no abra la puerta de este homenaje de Dios a los demonios sus enemigos. Pues, siendo muy averiguado que tan temerosa y tan dificultosa guerra nos tiene en aprieto, y que nuestra pelea es con tantos enemigos, hechos todos de concierto conjurados y hallados para nuestra destrucción, tan despiertos, tan armados, tan ajenos de guardar fe, ni de tener ley con nadie y tan ejercitados en la guerra, dime, ¿qué locura tan grande es la nuestra, no tomar nosotros contra ellos las armas, no poner rondas y velas, no recatarnos de toda cosa y no recelarnos de cada una?. Si no muy seguros, como en tiempo de paz, así nos estamos tendidos durmiendo de buen reposo y holgándonos a nuestros vicios y por nuestro pasatiempo curamos muy bien de la tez del rostro, como dicen, conviene a saber, procuramos las cosas del cuerpo. Y como sí esta nuestra vida fuese un continuo banquete y no una larga guerra, como lo es, así, en lugar de estar en los reales y tiendas, nos deleitamos en nuestras camas; en lugar de las duras armas, nos coronamos de rosas y flores; quiero decir, que en lugar de ejercicios) militares y guerra, nos damos a ociosidad y vicios, que es dejar al menor tiempo la lanza y - tomar el arpa, como si ésta que nosotros tenemos por paz no fuese la más cruel guerra y la \ más fiera que se puede pensar. Porque en verdad todo aquel que hace paz con los vicios quebranta la postura que con Dios capituló cuando fue bautizado. Y tú, loco desvariado, estás muy contento y osas a boca llena decir que ya todo está en paz, y estás muy satisfecho que ya hay paz, teniendo por otro cabo a Dios por enemigo, que sólo es la verdadera paz y el hacedor de ella, y no miras cuán claramente te contradice Él mismo por su profeta diciendo: "No tienen paz los malos"74. Porque sin duda no hay con Dios otra capitulación de paz sino que todo el tiempo que tuviéremos a cargo esta tenencia de nuestro cuerpo, que es hasta que Dios nos descargue de él, peleemos contra los vicios con odio capital y con todas nuestras fuerzas. Porque de otra manera, si con los vicios hacemos concordia, de necesario hemos de tener a Dios por enemigo, siendo Él quien nos puede hacer bienaventurados con su amistad o destruirnos con su enemistad. Para lo cual tiene dos causas muy grandes. La una, porque nos pasamos al bando de sus contrarios, y así somos de la parte de los que no tienen con Él parte, porque ya veis cómo podrán las tinieblas tener parte con la luz75. Y la otra, porque como muy desagradecidos no le guardemos la fe prometida, y con gran engaño y maldad quebrantemos aquel asiento que con tanta solemnidad y con tan santas ceremonias hicimos con El. ' ¿Cómo? ¿No sabes tú, oh caballero cristiano, que cuando entraste primero en la Iglesia católica de Jesucristo, que fue al tiempo que con aquella santa agua fuiste lavado y con tan santos misterios santificado, luego tu nombre se asentó en la nómina de tu capitán, inficionada por “infectada" Is. 48,22

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2 Co. 6,14 En el texto " destruición” empecemos por “dañamos" En el texto “herboladas" por “enherboladas" 1,9 Alcalá: “muchas y diversas" 70 Alcalá: “de su mismo color" Alcalá: “hubo sido corrupta" Alcalá: “traemos otro dentro" e| jismo Jesucristo, a quien debías tu vida por dos causas76; una porque te la dio, y s ’*** "icen el santo Bautismo te la restituyó? Y así a Él le debes el alma y la vida y todo ; ¡bremas ¿No te acuerdas asimismo del homenaje solemne que hiciste entonces, cuando jJK ’urastc de ser siempre obediente a este tan bendito capitán y emperador? Y que tras esto demás de las insignias de la caballería que recibiste, para más obligarte y para más . autorizar la dignidad y festejar aquella solemnidad, ce dio otras joyas, que son su» santos ¡ Sacramentos, y con grandes juramentos y protestaciones obligaste tu cabeza de nunca hacerle traición so muy graves penas y maldiciones. ¿A qué propósito piensas que te ponían en la frente la señal de la cruz, sino para que debajo de aquélla que es tu bandera peleases todos los días que vivieses? ¿Para qué fin crees que como a luchador, según se solía usar, te ungían también a ti con aquel su sagrado óleo, sino para que te aparejases a perpetua lucha contra los vicios? ¿No miras cuánta venganza y cuán pública deshonra de ¡ todos recibe acá entre los hombres, el que al más recio tiempo, de pura cobardía, desampara su bandera, y dejando en el peligro a su capitán se sale afuera? Pues dime, ¿por qué tú haces tal escarnio del tuyo, que es Jesucristo, y no te retrae de hacer tal traición-el miedo, sabiendo que es Dios, ni el amor, viendo que por tu causa se hizo hombre? Cuyo renombre, pues le traes siempre delante (que de Cristo se llama siempre cristiano), aun te debería poner delante qué es aquello que le prometiste. Dime, traidor, ¿por qué te quieres pasar a su enemigo, de cuyo poder ya una vez te rescató con aquel precio de su propia sangre? ¿Por qué tornas otra vez a servir y llevar sueldo en el real de sus enemigos? ¿Con qué cara osas alzar pendones contra tu mismo Rey habiendo Él puesto su vida por ti,, pues que sabes cómo Él mismo lo dijo, que "quien no es con Él es contra Él"77, y el que no se

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junta a Él para ayudarle a coger y allegar78 con una caridad universal, éste tal favorece al demonio que entiende en desbaratar y desperdiciar inventando sectas y parcialidades. Y tú sirves a su enemigo no solamente con feo renombre de traidor y de siervo del mundo y del diablo, mas por sueldo malaventurado. ¿Y quieres saber qué tal será tu sueldo si al mundo sirves, quien quiera que tu seas? San Pablo, fiel alférez de la caballería cristiana, te responde, diciendo: "La paga y galardón del pecado es la muerte"79. ¿Quién habrá entre los de acá del mundo tan atrevido que quiera tomar orden de caballería, por muy honrosa que sea, donde el precio de ella supiese que había de ser la muerte del cuerpo? Y tu, desventurado, ¿puedes acabar contigo de servir donde sabes cierto que has de llevar por galardón la muerte del alma? En estas locas batallas en que, o por odio rabioso, o a lo menos por'miserable necesidad, unos hombres contra otros pelean, ¿no has visto que, cuando la grandeza del despojo prometido, o el temor de venir a manos del cruel vencedor, o la vergüenza de ser tenido por cobarde, o la ambición y deseo de ser alabado o señalado por valiente, incitan o esfuerzan los corazones de los que pelean, ninguna cosa hay, por trabajosa que sea, que con mucho aliento no la traguen, ni por peligrosa que sea, que con alegre deseo no la acometan, y teniendo la vida en muy poco, con cuán gran ardor y cuán a porfía vemos que se mei n por los enemigos?. Pues, te ruego ahora que veamos ¿qué es el galardón que estos desventurados con tanto peligro y tanto cuidado esperan alcanzar? Yo te lo diré. Es al cabo, al cabo, que un capitán plático, que es en fin un hombre tal como ellos, los alabe allá a su modo, que es otro lenguaje por sí; o que por mitad del real80 le traigan con mucho regocijo, y la música es darle cualquier grito, o hacerle alguna coplita no menos desbaratada que todo lo demás de la fiesta; o que les pongan alguna guirnalda de yerbas; o que con ramos de roble en señal de su fortaleza sean coronados; o que les acrecienten algo de su sueldo, porque tengan algunas más blanquillas que poder llevar a sus casas, y que poder jugar en sus tiendas. Y por estas tan donosas mercedes ponen mil veces la vida a peligro. ¿Y nosotros, al contrario, ni por empacho de nuestra afrenta ni por la codicia de tan gran paga, no queremos esforzamos en pelear, sabiendo que está mirando nuestra batalla el mismo que nos ha de dar la joya? ¿Y qué joyas son las que nuestro capitán ha prometido a los que vencieren? ¿Por ventura son algunas mesas ricas, o muías o cualquiera cosa, como cuentan Homero y Virgilio que Aquiles y Eneas prometían en sus fiestas a los vencedores? No por cierto. Mas son tales y tan maravillosas, que ni ojo las vio ni oreja las oyó, ni corazón de hombre mortal las entendió81, que aún en esta vida a los que bien pelean les da una consolación admirable y gozo espiritual en el alma para consuelo de sus trabajos entretanto que les da otras verdaderas mercedes, que es la inmortalidad bienaventurada82. Pasemos ahora más adelante en este propósito, y hallaremos que en las justas o torneos que se hacen o por ejercitar el cuerpo o por ensayarse para las armas o por pasatiempo, donde la fama es la principal parte del precio y no va el negocio de veras, no dejan de dar también a los vencidos o a quien lo hace más ruinmente alguna joya con que se consuelen. Mas nuestra pelea acá no es así cosa de burla, sino de muy gran riesgo yl peligro, donde no andamos tras ganar un fumillo83 de honra sino tras poner en salvo eh alma; y así como está señalado grandísimo precio para el que esforzadamente peleare, así está establecida gravísima pena al que no hiciere lo que debe. Es el cielo el que está prometido al que singularmente peleare. Y no se le encenderá la sangre, no seje alzarán las alas, no tomará nuevo aliento, no se le doblarán las fuerzas, no se le avivará la virtud al ánimo generoso del hombre con la esperanza de gozar de tan alto galardón, mayormente siendo prometido por autoridad de Aquel que no es más posible faltar su palabra ni engaños que dejar Él de ser Dios. Demás de esto sabemos que cuanto acá pasa Él lo ve todo, y ninguna cosa hacemos, sino delante de sus ojos, ni es posible huir de su continuo acatamiento; y, juntamente con Él, tenemos sobre nosotros toda la corte celestial, que está mirando nuestra batalla. ¿Y no nos esforzamos con su favor siquiera con la vergüenza de quien nos mira? Ha de alabar nuestro esfuerzo Aquel de quien ser loados es suma felicidad. ¿Pues por qué no ponemos la vida a peligro por alcanzar verdadera gloria como ésta?

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Flojo es, por cierto, y apocado el corazón que no se anima por ningún premio. Mas ya que esta esperanza no nos despierta, ¿quién es el hombre, por muy cobarde que sea, que siquiera par miedo del peligro en que se ve y con el deseo de escapar de él no saque fuerzas je flaqueza y procure de hacer todo su deber? Cuanto más, que aun en tal caso como éste, ya que el enemigo aquí sea vencedor, por muy tirano y fiero que le queramos pintar, en fin toda su crueldad viene a parar en encarnizarse en el cuerpo del vencido y en sus cosas. Si no, dime si pasó más adelante de hasta aquí el cruel vencedor Aquiles, cuando tuvo en su poder aquel Héctor su enemigo. Pero acá en nuestro propósito, cuando por malos de tus pecados eres vencido, no se contenta tu enemigo sino con extender su crueldad hasta ejecutarla en aquella parte más preciada que hay en ti, que es el alma, la cual no podía morir aquí por manos de esos otros enemigos. Y así, si no corre peligro que tu cuerpo sea arrastrado después de muerto como el de Héctor alrededor de su sepultura, como dicen que fue aquél84, pero llegas a punto de perder el alma y el cuerpo, y que junto uno con otro sea sepultado en el profundo del infierno, que entra cierto algo más hondo que la otra deshonra del cuerpo de Héctor. Item, en las guerras del mundo, la mayor desventura que puede acaecer es que la espada del vencedor quite la vida al vencido, sacándole el alma del cuerpo, mas en esta batalla espiritual se le quita al alma su vida, que es Dios. Cosa natural es morir el cuerpo, el ¡cual, aunque ninguno le mata, al fin es forzado que muera de suyo; mas morir el alma, que jes inmortal, ésta es extremada miseria e infelicidad. jCon cuán gran cuidado guardamos que 'este nuestro corpezuelo no reciba alguna herida, cuánta diligencia ponemos en curarle si acaso la recibe! Y de las que están en el alma, ¡cuán poquito cuidado tenemos! Cuán espantable nos es la muerte de este cuerpo, porque con los ojos corporales se ve, y la triste muerte del alma, porque ninguno la ve, muy pocos la creen y mucho menos la temen, siendo esta muerte tanto más cruel que la otra, cuanto es más perniciosa el alma que el cuerpo y cuanto es Dios más excelente que el alma. ¿Quieres que te muestre algunas conjeturas por donde puedas conocer la enfermedad del alma o su muerte, aunque con los ojos de fuera no se vea? Pongamos semejantes ejemplos: Cuando tú ves que el estómago no cuece bien el manjar o no puede bien retenerlo, luego entiendes que hay en el cuerpo alguna enfermedad. Pues has primeramente de tener por cierto que ni aun el pan es taiíto mantenimiento al cuerpo, cuanto es al alma la palabra de Dios. De manera que si tú sintieres que ésta se te hace amarga o que te pone hastío, en tal caso, ¿qué hay que dudar sino que el paladar de tu alma está enfermo y estragado? Y si no puedes abrazar y retener la palabra de Dios y no la recueces y digieres hasta llevarla adentro en las entrañas para reforzar y renovar cada día el alma con ella, manifiesta prueba es que el alma no está bien sana. Cuando ves que las rodillas y piernas están decaídas y no nada firmes ni enhiestas, jr los otros miembros están así flacos, y enfermos85 que apenas los puedes traer arrastrando o mover, conoces luego que al cuerpo le va muy mal. ¿Y no conoces la dolencia que tiene tu alma, cuando para hacer cualquier obra buena o de piedad está desarmada , o la hace con pesadumbre, tibieza y hastío, cuando no le basta la virtud a sufrir una injuria por pequeña que sea y cuando se deshace y aflige por la pérdida de un poco de dinero?

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Después que ya en los ojos falta del todo la vista, y que las orejas dejan de oír, y que sin ningún sentido está pasmado todo el cuerpo, ¿quién pondrá duda sino que el alma sea ya salida de él? Y tú teniendo los ojos del corazón yn obscurecidos que no puedes ver aquella manifiesta lumbre de Dios, que es la verdad, y no oyendo con las orejas del alma, como es razón, las palabras divinas, y careciendo de todo buen sentimiento, ¿crees que tu alma vive? Ves también, por otra parte, a tu prójimo padecer mil desventuras, y con tal que tu hacienda esté a salvo, en lo demás, ni tienes compasión de él ni se te da un maravedí. ¿Qué me dirás que es la causa porque esto no lo siente tu alma? A la fe, hermano, porque está muerta. ¿Cómo muerta? Porque no tiene en sí a su verdadera vida, que es Dios. Donde’ Dios está, allí mora la caridad, pues el mismo Dios és caridad88. Porque, de otra manera, si tú eres miembro vivo de Cristo, dime, ¿cómo puede alguna otra parte de este cuerpo (como es el prójimo, que es también miembro) tener dolor, sin que tú también te duelas ni aun lo sientas? Quiero darte otro ejemplo o señal que no puede ser más cierta para conocer cuando el alma es de muerte. Hiciste un engaño a tu amigo o a quien quiera que sea, o cometiste un adulterio: cierto es que tu alma ha recibido en esto una llaga mortal. Pero con todo eso no solamente estás tú sin dolor de ello mas aún te huelgas de lo que ganaste, y te alabas o tienes contentamiento del mal que hiciste. Si así es, ten por cierto que tu alma está muerta. Si el cuerpo no siente una punzada pequeña de un alfiler, decimos que no está vivo. ¿Y diremos que está viva el alma que a tales heridas está sin sentido? Item, oyes tú a alguno que sobre pensado dice blasfemias u otras palabras soberbias, maldicientes, deshonestas y sucias, y que con sus dichos rabiosos se enciende contra su prójimo, ¿Cómo has de pensar que este tal hombre tiene el alma viva? Dentro del sepulcro de su pecho está tendida una cosa muerta y hedionda, que es su alma, de donde proceden aquellos malos olores que inficionan a los que están a par de él. Cristo nuestro Redentor llamaba a los fariseos sepulturas blanqueadas por defuera. ¿Por qué, si piensas? Porque dentro de aquellos cuerpos bien compuestos traían las almas muertas. Sepulcro abierto y hediondo es su garganta, decía David por los tales, y con sus lenguas nos engañaban89. Los cuerpos de los buenos y justos, templos son del Espíritu Santo90; los de los malos e injustos ’ son sepulcros de cosas muertas. De manera que encaja en ellos muy bien aquella .; declaración que hacen los gramáticos, diciendo que este vocablo o palabra “Soma", que es griego, y quiere decir cuerpo, está muy cercano de "Sima", que quiere decir hoya o sepultura, porque el pecho donde está el corazón y donde están los pensamientos es un sepulcro, y la boca y garganta son los resquicios y aberturas por donde sale el mal olor de él. Ten asimismo por cierto que ningún cuerpo queda tan muerto cuando se ha apartado el alma de las carnes, cuanto queda el alma a quien Dios desampara por el pecado; y ningún 'k Erasmo de Rotterdam ' ¿I o así muerto y podrido huele acá tan mal a las narices de los hombres como hiede en1 gastamiento de Dios y de todos los santos el alma que está ya de cuatro días muerta,* quiero decir, por luenga costumbre toda corrompida y sepultada en los vicios. Así, que es la conclusión, que cuando del corazón del hombre salen palabras malas y de muerte, necesario se sigue que dentro hay escondida alguna cosa muerta. Y pues, como el Evangelio dice, lo que abunda en el corazón aquello sale por la boca91, de creer es que palabras limpias, vivas y de Dios saldrán por la boca, si la misma vida, que es Dios,

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estuviese en el corazón; y así también, al contrario de esto, leemos que a Cristo nuestro r Señor le decían sus discípulos: Señor, ¿a quién otro hemos de ir fuera de ti, pues eres tú el que tienes palabras de vida? ¿Cómo "palabras de vida"? Porque en verdad, procedían de /- aquella santísima alma, de quien jamás ni un momento se partió la verdadera vida, que era la divinidad, y con que también nos restituyó a nosotros a la misma vida inmortal. Y pues, hasta aquí hemos cotejado el alma con el cuerpo cuanto a las enfermedades y muerte que en ella parecen, queda que hagamos lo mismo cuanto a los remedios que ha menester, para ver si son de una manera y tan ligeros unos como otros. Y cuanto a esto brevemente basta que, como vemos, al cuerpo cuando está enfermo, algunas veces le socorre el médico, y aun después de ya muerto ha habido santos que hartas veces le han vuelto vivo. Mas al alma, después de una vez muerta, sólo Dios la puede resucitar. Y aun esto no sino por una singular y maravillosa virtud y poder suyo, de que El quiere graciosamente usar con quien le place. Pero si cuando ella dejó el cuerpo iba ya muerta, quiero decir, si al tiempo de la partida no iba bien con Dios, ésta tal no resucitará jamás sino para morir siempre en el infierno. De donde se saca otra diferencia que hay de la muerte del alma a esta otra del cuerpo; y es que la del cuerpo o a veces no se siente, o muy en breve se pasa, mas la del alma dura para siempre, y como quiera que, por otra parte, esté más que muerta, pero para sentir siempre su muerte siempre será inmortal. Y pues sabemos que nos es forzado el pelear y andar tan sobre aviso con tan nuevo y continuo peligro de guerra, ¿qué pasmo, qué seguridad, qué descuido es éste de nuestro corazón tan grandísimo, que ni el miedo siquiera, como hemos dicho, de tan gran mal no nos despierta? Aunque la verdad es, digámoslo todo, que, por otra parte, también es razón que no por eso quedes amedrentado, ni derribe tu ánimo el considerar la mucha copia de enemigos ni sus fuerzas ni sus artes, porque aunque te acuerdes cuán grave adversario tienes, pero cierto no desmayarás si miras cuán presente y cuán a las manos tienes el socorro de Dios. Muchos son contra ti, mas el que está en tu favor, que es Dios, Él solo puede más que todos, y si Dios es por nos, ¿quién contra nos?91 92 93 Si Él nos sostiene, ¿quién nos podrá derribar? Pero sea de tal manera esta confianza, que juntamente tengas siempre un gran deseo y .*• • verdadero, y un firme propósito y determinado de vencer. Y para esto acuérdate que este * / enemigo con quien has de pelear no tiene ya tan enteras sus fuerzas, porque antes de ahora ha sido quebrantado, desbaratado, destrozado y aun destruido, despojado y del todo vencido de nosotros, pues lo ha sidotte Cristo, que es nuestra cabeza, en cuyo cuerpo siendo miembros podemos decir que entonces le vencimos nosotros en Cristo, y que ahora? ó le vencerá Cristo en nosotros. Conviene a saber: poniendo Él, que es nuestra cabeza, l fuerzas y gracia en nosotros, que somos sus miembros, con que le podamos otra vez'/’ vencer. De manera que para esto lo principal que te cumple, y de que mayor cuidado has de^ tener, es mirar que seas enteramente miembro de Cristo, porque siendo parte de su cuerpo, . para todo esto y para muy grandes cosas tendrás poder, por la virtud y favor que se te comunicará de Él mismo, que es la cabeza y lo puede todo. De tuyo, claro está que no eres sino muy flaco y para poco, pero de parte de Cristo, que mora en ti y te da vida verdadera como tu cabeza, no hay cosa que no puedas. Y de aquí se sigue también, que aunque en el mundo las cosas de la guerra siempre están dudosas, y la victoria se suele tener de ambas partes comúnmente por incierta, porque dicen que son cosas que consisten en ventura, pero no es así acá en esta nuestra batalla, sino toda está absolutamente puesta en solas las manos de Dios, y Él la pone en las nuestras para que venzamos. Y de aquí es que no hay ninguno que deje de vencer sino por su culpa, y porque cip amente quiere dejarse vencer. Jamás faltó a nadie la gran bondad y socorro de este nuestro ayudador. No hayas miedo que a ti te falte, antes con solo que tu no le faltes, sino que sepas corresponder de tu parte ayudándote y sabiéndote aprovechar de las mercedes y virtud que por su gran misericordia siempre te enviará, con solo esto haz cuenta que tienes la victoria cierta en las manos. Porque en tal caso Él peleará por ti, y aun la merced que en esto te hace, huelga Él y quiere que se pongan a cuenta de tus merecimientos para galardonártela como obra suya. Mas, mira, guarda que te cumple que de toda esta victoria a Él solo des las gracias, como a aquel que ha dado para ella enteramente las fuerzas, y que a Él solo y no a ti reconozcas por vencedor, pues sólo Él fue el primero y el principal, que, libre y exento de todo pecado, desterró y destruyó para nuestro bien la tiranía del mismo pecado. Pero no te puede a ti caber parte de esta victoria sin industria y diligencia tuya; porque cuando Cristo dijo aquellas palabras de tan gran consolación, que fueron: "Tened confianza, hijos, que ya yo os he vencido al mundo"9 . Quiso ponernos esfuerzo y darnos buena esperanza, mas no quiso que por eso nos descuidásemos, o nos dejásemos caer con la carga, viendo que teníamos quien as! nos la ayudase a llevar, sino que hagamos lo que debemos y todo lo que es en nosotros con su gracia, y así por Él venceremos siempre, mientras que de El tomáremos ejemplo para pelear. De forma que entre dos tan conocidos peligros, siempre debes tomar tal medio que ni en confianza de la gracia de Dios te duermas seguro, haciendo la conciencia ancha, ni tampoco, desmayado y atemorizado por la dificultad de la guerra, te rindas, y pieidas juntamente el corazón y las armas.

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Capítulo II. De las armas necesarias para la caballería y guerra cristiana. Pienso yo que a la disciplina militar y para el ejercicio de esta guerra espiritual pertenece, lo primero y más principal, que tengas muy conocido y pensado con qué género de armas y con qué enemigo te has de combatir, y asimismo que estas armas las tengas a la mano, porque no pueda alguna vez aquel engañoso espía, que es el demonio^ haJhne desarmado ni lomarte desapercibido. En las guerras que pasan entre los hombres, muchas veces pueden los caballeros descansar, o cuando es invierno y no hace tiempo de estar en el campo, o entre tanto que1, duran las treguas. Mas en esta nuestra pelea, todo el tiempo que en el cuerpo vivimos, ni un ■ í solo momento nos cumple dejar las armas. Siempre es necesario estar en el campo, y aun a punto de guerra, siempre traer escuchas y velas, porque nunca nuestro enemigo descansa. Antes cuando parece que está más pacífico, cuando finge que huye o quiere hacer treguas, entonces urde mayores engaños. Y por esto nunca es menester andar más sobre aviso que cuando nos quiere hacer creer que ya tiene gana de paz. Y nunca menos se debe temer que cuando en guerra campal y descubierta95 nos acomete. . Así que el primero y principal cuidado ha de ser, que nuestra alma no se halle sin armas; porque si armamos el cuerpo por no temer la espada de un ladrón, más razón es que armemos el alma porque esté a su salvo y se libre de traición. Están armados nuestros enemigos para destruirnos, ¿y nosotros tendremos pereza de armamos porque no nos perdamos? Velan ellos por matarnos, ¿y no velaremos nosotros por escapar? Mas porque de las armaduras de esta milicia y caballería cristiana más particularmente hablaremos adelante, por ahora solamente digamos, en suma, de dos armas principales que ha de tener el cristiano a quien conviene pelear con aquellas siete gentes, que son cananeos, ceteos, amorraos, fereceos, gergeceos jeveos y jebuseos96. Quiero decir que, así como al pueblo de Israel escogido por Dios, le fue necesario, para entrar en aquella tierra que el mismo Dios le tenía prometida, haber de pelear primero con estas siete gentes que hemos. dicho y con sus reyes, y así de esta manera por su lanza ganaron la tierra, echando de ella a sus enemigos para poderla poseer a su salvo; así no menos le cumple al cristiano, para haber de gozar del reino del cielo, para el cual Dios le crió, aparejarse a pelear con todo el gran escuadrón de los vicios, y así por fuerza de armas ganarle, venciendo primero aquellos siete que suelen contar por principales capitanes de este ejercicio de los vicios, que son los siete pecados mortales. Estas dos armas principales que digo, son la oración y la ciencia de la ley y palabra de ' Dios. Cuando el Apóstol nos enseña que nuestra oración sea sin cesar97, tanto es como mandarnos que siempre estemo¿ armados. La oración pura lleva nuestros deseos y aficiones al cielo, que es una torre tan alta donde nuestros enemigos no podrán alcanzar. La ciencia, o conocimiento de las cosas que Dios manda, viste y arma nuestros entendimientos con doctrinas necesarias y con reglas saludables. Y por esto cumple que estas dos no se falten jamás una a otra, sino que la una siempre socorra a la otra, y como amigas se concierten a ser de un parecer. La una, que es la oración, llama a Dios y le pide. La otra enseña lo que se debe pedir. La gran confianza en Dios y la esperanza hacen que la oración sea con hervor98, y que, como dice Santiago, no tenga hombre duda de alcanzar lo que pidiere99. Y la ciencia te ; ¿ enseña que lo que hubieres de pedir sea en el nombre de Jesús, que es Salvador, conviene a í .) saber, que pidas cosas saludables. Y mira como es necesario en este caso el saber, pues aun•

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los hijos del Cebedeo, cuando muy sobrepensado llegaron a Cristo a pedirle cierta merced, oyeron de su boca esta respuesta: "No sabéis lo que pedís"100. Verdad es que de estas dos hermanas la oración es la más principal, porque .habla con Dios y se entiende con Él, mas también de la ciencia tenemos grande y no menor necesidad. Y no sé yo en qué manera el que se escapa de Egipto, que es de los vicios, como ahora tú, se atreverá a meterse seguramente por camino tan luengo101 y tan dificultoso como este del cielo, sino llevando delante los dos capitanes Moisés y Aarón. Por Aarón, que era sacerdote, entendemos la oración. Y por Moisés, dador de la vieja ley, significamos la ciencia y conocimiento de la ley. Mas así como no conviene que en la ciencia haya falta, así no cumple que la oración sea floja ni se tome de mala gana. Mira que peleaba Moisés contra sus enemigos con solas las armas de la oración, y siempre vencían los suyos cuando él tenía las manos alzadas en alto, pero en dejándolas caer, conviene saber cuando la oración era sin espíritu, luego los suyos eran vencidos102. ^Túj por ventura, cuando oras solamente tienes ojo a cuantos salmos mal rezados has pasado por la boca, y piensas que en el mucho parlar está puesta toda la virtud de la oración. Y este es un vicio principalmente de aquellos que aún son como niños principiantes en la letra sin levantarse ni crecer a la madurez del espíritu. Mas oye lo que en este caso nos enseña Cristo por san Mateo: "Cuando oréis no cuidéis de multiplicar muchas palabras, como hacen las gentes que no conocen a Dios, que piensan ser oídos por su mucho hablar. No queráis pareceros a éstos, pues sabe vuestro padre celestial lo que habéis menester antes que se lo pidáis"10*. Y san Pablo tiene en más cinco palabras bien sentidas y que salgan del corazón que cien mil pronunciadas así solamente por la lengua . No hablaba Moisés palabra por la boca, y decíale Dios, ¿qué me quieres? ¿Para qué me llamas tan recio? A dar a entender que no el ruido de los labios, mas el deseo ardiente de las entrañas es el que toca las orejas de Dios más adentro que ningunos alaridos recios por aca defuera. Ten pues este remedio muy a la mano y usa aprovecharte de él, y así en sintiendo que el enemigo te acomete, o que los vicios pasados te retientan, mira que luego levantes tu entendimiento y corazón con muy cierta confianza al cielo, donde te ha de venir el . Pero es menester también que levantes las manos arriba, quiero decir que, para que la oración sea acepta106 a Dios, y por ella alcancemos lo que cumple a nuestras almas, es muy seguro remedio ocuparse el hombre en obras de caridad, y que éstas no tengan respeto acá a los hombres, ni a deseos de cosas terrenales, sino a solo Jesucristo, y por amor suyo se hagan, que esto es alzar las manos al cielo. Vista ya la gran virtud de la oración y la necesidad que de ella hay, no por eso es razón que desprecies la ayuda que de la ciencia puedes tener. Para lo cual debes bien considerar que antes que el pueblo de Israel gustase y se hartase de aquel maná celestial, y del agua que salió de la piedra, harto pensaban que hadan en poder huir y escaparse de sus enemigos, y contentándose con esto, nunca osaron acometer de pelear con aquellas gentes llamadas amalecitas, ni hacerles rostro, ni aun acercarse a ellos, hasta que este manjar del cielo los esforzó107 *. Con este mantenimiento esforzado después aquel noble caballero David despreciaba todas las huestes de sus enemigos, diciendo: Aparejaste, Señor, en mi presencia una mesa de saludables manjares que me dan sustancia y fuerzas para con todos los que me persiguen . Creemé tú a mi, hermano mío amado, que ninguna tentación, por muy recia y grave , que sea, te pueden los enemigos traer, a la cual no deseche y haga huir109 el ardiente estudio

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de las letras sagradas; y ninguna adversidad tan triste puede acaecer que con ellas no se haga ligera de sufrir. Y pues aquí decimos que por el maná, que era un manjar celestial que daba mucha virtud, se significaba el conocimiento de las santas y sabrosas Escrituras, porque no pienses que soy tan atrevido que me lo saco esto de mi cabeza, hallarás que hay muy grandes doctores que así lo declaran, y con esto me podía yo ahora satisfacer y pasar adelante. Pero mejor será que un poco nos detengamos a cotejar cuán a propósito hace la comparación, y cuán bien se apropia la ciencia y conocimiento de la ley de Dios a aquel maná110. Y para esto, cuanto a lo primero, debemos notar que aquel maná no nacía de la tierra, sino como rocío caía del cielo. Donde podemos entender la diferencia que hay entre las letras o ciencias humanas, que son terrenales, y las letras divinas, que son celestiales. Porque toda la Escritura Santa divinamente fue inspirada, y sólo Dios es autor de ella111. Item, en ser el maná menudo denota la humildad del estilo de la Escritura Santa, que ' no procede con razones muy hinchadas ni por primores de decir muy afectados112, sino con una llaneza común y muy igual se nos comunica, y así, bajo aquellas palabras humildes y como desechadas, encierra misterios muy altos y Sacramentos admirables. En ser el maná blanco entendemos que aunque no hay ninguna doctrina que sea puramente humana que no tenga por algún cabo algún tizne de error, pero que sola la doctrina de Jesucristo es toda blanca sin ninguna tacha, toda pura sin ninguna mezcla y toda muy limpia sin ninguna mácula. Que el maná era algo durillo, y tenía un poco de aspereza, nos significa que los misterios de aquellas palabras sagradas están escondidos y encubiertos debajo de aquella letra. Y por eso, si solamente gustas de la sobrehaz113 de ella y de la cáscara que por defuera se muestra, no te parecerá que hay cosa más dura ni más desabrida. Y así no habían cierto gustado más de la corteza de aquel maná celestial los que habiendo oído a Cristo decían: i "Duras y recias palabras son éstas, quién las podrá sufrir"114; pero procura tú y trabaja por sacar el meollo del sentido espiritual, y verás que ninguna cosa hay más suave, más zumosa, i ni más dulce. Fin-’mente, esta palabra "maná” que es hebraica, tanto quiere decir en aquel lenguaje, como si dijésemos "¿qué es esto?". La cual significación también viene muy a propósito de la escritura divina que, como en ella no hay cosa por demás, ni una tilde, que no sea digna de preguntar y de saber qué es, y de qué nos debemos maravillar, con razón le podemos dar aquel nombre de maná diciendo: ¿Qué es esto?. Y porque, si bien te acuerdas, dijimos arriba que el maná, y también el agua que salió de la peña, dieron gran virtud para pelear a los hijos de Israel, ya que hemos probado cómo por el maná se entiende la ley divina y el conocimiento de ella, veamos ahora aquí cómo también la ciencia de la misma ley de Dios se significa por nombre de agua. Y de esta manera de hablar, que es llamar aguas a las escrituras divinas y al conocimiento de esta ley sagrada, usa muchas ve— ?’ Espíritu Santo en los libros del Viejo y del Nuevo Testamento, según parece por muchos ejemplos. Leemos, en un salmo, de las aguas que traen consigo toda hartura y abundancia, donde David se glorifica haberse criado115. Leemos en Salomón, las aguas que la sabiduría de Dios derrama a las entradas de sus caminos116. Leemos de aquel gran río de que Ezequiel habla por figura, y cómo no le podía pasar por vado117. Leemos de aquellos pozos que hizo Abraham, y cómo los cegaron sus enemigos los filisteos, echando en ellos mucha tierra, hasta que Isaac los tornó después a abrir y a limpiar118. Leemos aquellas doce fuentes, a

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donde los hijos de Israel, después de haber andado cuarenta jomadas, hubieron de pararse a recrear cuando estaban ya tan desmayados que no podían andar atrás ni adelante119. Leemos también en el Evangelio el pozo sobre el cual nuestro Salvador Jesucristo, cansado del camino, se asentó120. Leemos las aguas de Siloé, a donde Él mismo envió al ciego para que curase la vista122. Leemos asimismo el agua que hecho en el bacín para lavar los pies de sus apóstoles123. Y por no contar más cosas por menudo, has de saber que en esta significación que he dicho se hace muy continua mención en las letras sagradas, de agua, de fuentes, de pozos y de ríos. En lo cual se nos pone delante y encomienda, que diligentemente escudriñamos las figuras y misterios encerrados en las Santas Escrituras. Si no dime, ¿qué cosa es en este propósito el agua escondida en las venas de la tierra, sino los misterios encubiertos con la letra? ¿Qué cosa es matar e! agua de sus venas acá afuera, sino declararse los misterios y secretos maravillosos escondidos debajo de ella, los fl cuales, cuando por muchas partes se manifiestan para edificación y provecho de lósl oyentes, quién duda sino que, según esto, ya muy bien se podrían llamar ríos?. Así que es lajj , conclusión que, si del todo te ofreces y te das al estudio de las Sagradas Escrituras y te 1 5 ejercitas en considerar la ley de Dios de día y de noche, no temerás los peligros del día ni de J ' la noche, conviene a saber, que en prosperidades y en adversidades nunca te apartarás de Él.dj Y así, a cualquier acontecimiento y sobresalto de tus enemigos te hallarás armado y Jj También te digo que para esta milicia y pelea cristiana no del todo repruebo ni me í • parece muy mal que como caballero novel una persona como tú se ensaye y ejercite en las J letras de los honestos y limpios poetas y filósofos gentiles, con tanto que sea 3 * templadamente y cada, uno, conforme a su edad, las tome como de paso, sin hacer en ellas fl mucho hincapié, y de manera que no se detenga allí hombre sin querer pasar adelante, ‘3 como algunos que en esto se envejecen y aquí emplean y gastan todo el tiempo de su vida, d San Basilio convida e invita a sus sobrinos, siendo niños, a estos tales estudios, para después | enseñarles las buenas costumbres cristianas, y san Agustín aconsejó a su amigo Licencio que torne a dar otra vuelta a la poesía que antes había gustado. Ni san Jerónimo se M arrepiente de haber amado la sierva cautiva, que es de haberse dado a las letras humanas. Y es muy alabado san Cipriano porque de los despojos que tomó de Egipto enriqueció el templo de Dios. Quiero decir, porque de las letra de los gentiles se aprovechó para i edificación de nuestra religión cristiana.

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Mas tampoco no querría que con las letras gentiles se pegasen envueltas sus malas costumbres, que en lo demás yo te digo que hallarás, si quieres, en ellas hartas cosas que » para bien vivir te pueden harto aprovechar. Y no se debe desechar ni menospreciar lo bueno, aunque sea gentil el que lo enseña. Así no despreció Moisés, con toda su santidad, el consejo de Jetro124, que era gentil. Créeme que componen y crian el ingenio de los niños aquellas letras humanas, y le aparejan y hacen hábil para venir mejor después en W conocimiento de las divinas. A las cuales quererse hombre atrever a llegar así del primer salto con sus manos lavadas, o, por mejor decir, sin lavar los pies ni las manos, parece una ¿g. manera de sacrilegio y de desprecio de Dios y de sus cosas. Y así san Jerónimo reprende la -W desvergüenza y el desacato de los que, nuevamente salidos de los estudios y letras profanas, osan luego ponerse a tratar y enseñar las divinas, ¿no te parece que son más atrevidos y W desvergonzados los que lo hacen sin haber gustado ni aprendido otras letras algunas?125 Digo también que así como la lección de la Santa Escritura no te traerá algunas veces mucho fruto, si en sólo la letra muerta te paras, y con aquella te contentas; así, por el contrario, no te traerá poco provecho la poesía de Homero y de Virgilio, si tienes aviso que lo que dicen es figurativo, porque tienen otra doctrina y ejemplos de dentro, que no así tan ligeramente se muestran afuera. Y esto ninguno me lo negará, si algo ha gustado de la doctrina de los antiguos doctores, por poco cjue sea. Mas también te amonesto que otros poetas deshonestos en su decir, no te cures126 de verlos ni oírlos, a lo menos para mirar 121 * * muy de propósito sus cosas, si no fueses ya tan fuerte que lo hicieses -con intención de aborrecer y desechar mejor los vicios viéndolos allí escritos, o con pensamiento de amar más encendidamente la virtud y honestidad, cotejándola con las cosas deshonestas. De los filósofos, la verdad es que los platónicos son los que, así en muchas de sus sentencias como . en el estilo y forma de decir, se allegan en gran manera a las figuras de los profetas y del Evangelio, mas peligrosa cosa es saberlos127. Y por esto baste que no te hará daño gustar y probar de todas estas letras de losa gentiles, haciéndose, como tengo dicho, en la juventud y templadamente, con buen aviso y L.' cautela, y con discreción de escoger lo bueno entre lo no tal, y todo ello de camino, a manera de quien pasa adelante, y no de quien mora ni se para en ellas, y principalmente al cabo refiriéndolo todo para gloria de Jesucristo. Y de esta manera a los limpios todos les será limpio; así como por el contrario, a los no limpios ninguna cosa, por buena que sea, les es limpia128. Y no te será tenido a mal, aunque de esta manera tengas, como Salomón, en tu casa sesenta reinas y ochenta mujeres otras no tan legítimas, y otras innumerables / doncellas, quiero decir, libros y escrituras de las ciencias humanas, con tal condición que| sobre todas te sea única esposa, y sola en tus ojos hermosa y muy amada la sabiduría^ divina, que es la paloma blanca, casta y sin hiel, como el mismo Salomón en el libro de los cantares la pinta12’. De esta manera, también los del pueblo de Israel, cuando les parecía bien alguna cautiva de las extrajeras, se podían casar con ella, cortándole primero los cabellos y uñas, y así de extranjera la hacían natural y de su ley150. De donde podemos entender que si nos agradan las ciencias humanas, quitándoles las cosas superfluas y no provechosas, las podemos convertir buenamente a la ley

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